Drogas, sexo y tabú

 

La sociología define un tabú como una conducta moralmente inaceptable para una sociedad o colectivo humano. Es la prohibición de algo que se considera extraño, cuya transgresión es considerada como una falta muy grave por la sociedad, que castiga de forma directa o indirecta estos comportamientos inmorales.

Algunos tabús (como la violación, el incesto o la pedofilia) tienen un sentido protector para las sociedades. Pero en muchos otros casos la prohibición no está basada en motivos objetivos, lógicos o justificados sino en prejuicios sin fundamento que excluyen y marginan a determinados grupos por sus características. Estos tabús son incompatibles con sociedades evolucionadas, que deben respetar los derechos y libertades de las personas.

Muchos aspectos que tienen que ver con la sexualidad y las drogas siguen perteneciendo a este último tipo de tabús.

En los orígenes judeocristianos de nuestra cultura se considera que el único objetivo de la sexualidad es la reproducción humana. Desde esta perspectiva, las relaciones sexuales que no sean heterosexuales, monógamas, exclusivas, centradas en el coito y  destinadas a procrear son moralmente condenables. El tabú se extiende a sociedades con otras religiones monoteístas (judaísmo, islamismo) o modelos políticos que pretenden la supremacía del Estado sobre el individuo.

Con respecto a las drogas, nuestra sociedad presenta niveles de tolerancia social muy elevados hacia algunas sustancias (alcohol, tabaco, café y algunos fármacos) mientras que el consumo de otras sustancias está sujeto a tabú. Para otras culturas el tabú se centra en el alcohol (muchos países musulmanes). El uso ritual o terapéutico de psicodélicos o determinadas plantas ha sido muy variable a lo largo de la Historia. La clasificación de drogas en legales e ilegales se explica por motivos económicos, políticos y, sobre todo, de índole moral, pero no en criterios basados en Ciencia o en Salud Pública.

A lo largo del siglo XX y en la mayoría de las sociedades occidentales estos tabús se han ido superando poco a poco, más en el caso de la sexualidad que en el de las drogas. El divorcio, las relaciones prematrimoniales, el derecho al placer en la sexualidad en las mujeres, la despatologización de la homosexualidad…se han ido aceptando en mayor o menor medida. Con respecto a las drogas el uso recreativo de algunas sustancias ha crecido y se ha popularizado en algunos sectores de la sociedad, pero para la mayoría la imagen de las drogas sigue vinculada al “fantasma de la heroína”.

Nuestras vivencias, creencias y experiencias sobre las drogas y el sexo están condicionadas por este hecho. Dependiendo del tipo de sociedad en el que hemos crecido: rural o urbana, ambiente familiar, educación, valores religiosos o espirituales, nivel sociocultural… el reconocimiento de nuestra propia sexualidad y de los consumos de drogas puede ser muy diferente. Para algunas personas salir del armario puede no suponer ninguna dificultad mientras que para otras es simplemente imposible por aspectos familiares, sociales y culturales. Las experiencias personales, familiares y el entorno social también influyen nuestros conocimientos, creencias y expectativas hacia el consumo de drogas.

La combinación de ambos elementos (drogas y sexualidad) puede causar problemas en personas que tengan conflictos interiores graves con los tabús y prejuicios asociados. Algunas personas tienen problemas o dificultades graves para asumir que su sexualidad es diferente a la “normal”. Utilizar sustancias para desinhibirse y poderse permitir comportamientos que no podrían tener sobrios puede causar problemas de frustración, autoaceptación y autoestima, así como desarrollar patrones de consumo problemáticos.

Hablar con otras personas sobre estos temas puede ser difícil, sobre todo si tienen sistemas de creencias y valores diferentes a los nuestros. La comunicación con los profesionales sanitarios puede resultar particularmente complicado. Pero también puede ser imprescindible, ya que drogas y sexo son temas que pueden afectar directamente a nuestra salud.

Recuerda: el trabajo de los profesionales sanitarios es diagnosticar, tratar y proporcionar información objetiva respetando el libre derecho del desarrollo de la personalidad. Los juicios de valor, actitudes paternalistas, opiniones sobre estilos de vida o discursos moralistas están siempre fuera de lugar. Cada vez más profesionales son conscientes de esto, aunque existen excepciones. Si alguna vez te encuentras en una situación incómoda en este sentido, hazlo saber, de forma educada y correcta, pero firme.

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