En los artículos de investigación científica el uso de drogas por vía intravenosa (slamming) es una de las características asociadas al fenómeno del chemsex. En la mayoría de los casos son encuestas realizadas en ciudades europeas como Londres, Amsterdam o Berlín. En la prensa escrita española, el slamming aparece también, al menos en diez de los quince artículos publicados sobre el chemsex en medios relevantes:

“Últimamente también hay gente que se inyecta mefedrona por vía intravenosa durante las relaciones sexuales, mezclado además con viagra (…) cuenta Miguel Ángel, refiriéndose a las fiestas slamming, una moda que llega de Inglaterra”

El Mundo 11/03/2015

“Si se quiere que el subidón sea todavía mayor, entonces hay quien recurre al slam o slaming(…). En el slam (golpe) la mefedrona se inyecta (…) Resulta cada vez más habitual encontrar en las webs de contactos para hombres y en las aplicaciones móviles para homosexuales a slimmers (sic) que buscan compañeros sexuales que quieran participar de esta experiencia”

La Vanguardia 11/11/2017

“Estamos volviendo a los años ochenta, a las jeringuillas y a los pinchazos”

El Independiente 30/06/2015

“Última moda”, “tendencia en aumento”, “Nueva y peligrosa práctica” son descripciones habituales del fenómeno en prensa. Páginas dirigidas a profesionales señalan que esta práctica es “común entre hombres homosexuales” y el slamming aparece de forma recurrente en todos los cursos de formación y congresos profesionales sobre el tema. Una ponencia en un congreso sobre chemsex a principios del 2016 incluía éste flyer como supuesta prueba de la extensión de la nueva moda en Madrid.

Si el ponente hubiera contrastado el documento (usando simplemente Google o Youtube) se habría dado cuenta de que la fiesta lleva celebrándose de forma periódica en Madrid desde abril del 2011, unos cuantos años antes de que se empezará a utilizar en argot el término slamming para hacer referencia al uso intravenoso. Slam se traduce literalmente como “pegar o golpear” por lo que viene a usarse en ámbitos de ciertas practicas como el SM. Relacionar la fiesta en cuestión con la inyección de drogas es tan poco acertado como lo sería pronosticar una conversión masiva de los gays al hinduismo por la existencia de fiestas llamadas “Ohm” o “Goa”.

Pero no hay duda de que la vía intravenosa es, con diferencia, la más peligrosa de todas las que existen al utilizar drogas. Si el slamming fuera tan frecuente como señalan los medios de comunicación y la percepción de algunos profesionales, o si existieran pruebas sobre su expansión, nos encontraríamos ante un potencial problema de Salud Pública.

Por suerte, los datos objetivos publicados en España hasta el momento no parecen apoyar esta hipótesis. De entrada es discutible que nos encontremos ante un fenómeno “nuevo”. Desde Energy Control los primeros consumos inyectados vinculados a contextos sexuales en varones homosexuales se detectaron como un fenómeno esporádico en grupos de usuarios de ketamina en el año 2011 y se han comunicado anecdóticamente desde entonces . En la encuesta EMIS del año 2013, el uso de drogas inyectadas durante el último año (distintas a esteroides) se comunicó en el 1,8% de los encuestados, si bien no especifica el tipo de sustancia utilizada y su contexto de uso.

Aunque el interés de las instituciones públicas en destinar recursos para proporcionar una imagen realista sobre el chemsex en España es escaso, existen ya publicados algunos datos recientes. En una encuesta a 511 varones gays y bisexuales con diagnóstico reciente de VIH, evaluados en 22 centros hospitalarios entre junio y noviembre de 2016, el uso intravenoso de drogas se comunicó en un 4,5% de los casos.

Otra encuesta reciente publicada a finales del 2016, realizada a 486 hombres que habían participado en sesiones de chemsex muestran unas cifras de consumo por esta vía de entre el 2 y el 11%. Los autores señalan que “Se puede afirmar que el slam es una práctica minoritaria entre los usuarios de chemsex en España. “ y destacan que casi el 90% de las personas que realizaron esta práctica nunca compartían material de inyección.

En el imaginario colectivo, el uso intravenoso de drogas se asocia a la epidemia del VIH-SIDA durante los años 80 y 90 del siglo pasado y evoca escenas de marginación, delincuencia, desestructuración social y muerte. En una sociedad en la que los medios de comunicación buscan más sorprender e impactar al espectador que transmitir información veraz, el recurso al slamming en el contexto del chemsex consigue bien estos objetivos. Pero parece poco realista, según los datos disponibles en España hasta el momento.

Además, existen razones para pensar que el slamming en España seguirá siendo un fenómeno minoritario. Por un lado están las propias características de la vía de administración. La intravenosa es, con diferencia, la menos aceptable por los usuarios a la hora de consumir drogas. Parte del éxito de la MDMA o el GHB tienen que ver con su forma de presentación: pastillas o líquido. Ingerir un comprimido es un acto sin connotaciones negativas y son muchas más las personas dispuestas a tomarse una pastilla que a esnifar polvo a través de la nariz. Pero aún muchas menos son las que introducirían una aguja en su vena para incorporar una droga a la sangre.

Ya hemos hecho referencia al simbolismo asociado al uso de jeringuillas. La crisis social y sanitaria asociada al fenómeno de la heroína supone aún un trauma sociológico, sobre todo entre los adultos de mediana edad. La memoria colectiva de los adolescentes de los 80 del siglo pasado incluye familiares, amigos o conocidos que murieron de SIDA, episodios de delincuencia protagonizados por adictos, farmacias acristaladas como bunkers o leyendas urbanas de jeringuillas abandonadas de forma deliberada en parques, cines y playas para infectar a la población.

Casi todos los estudios coinciden en señalar que el chemsex es mucho más frecuente en esta franja de edad. El uso de drogas en contextos sexuales es más frecuente en adultos jóvenes y de mediana edad con experiencia previa en uso recreativo de drogas que en jóvenes y adolescentes.

La fuerza del estigma social asociado al uso intravenoso de drogas puede explicar en parte el por qué en nuestro país el slamming es menos frecuente que en otros. En muchas ocasiones se extrapolan datos holandeses, ingleses o alemanes a nuestro entorno sin considerar que los fenómenos de drogas tienen particularidades geográficas muy importantes.

También es cierto que los patrones de consumo de drogas son cambiantes, imprevisibles y no siempre responden a criterios racionales o lógicos. Pero presentar lo que en este momento es, según los datos disponibles un fenómeno minoritario como si fuera algo frecuente, habitual y “de moda” puede tener un efecto contrapreventivo. La sociología ha estudiado esta influencia de los medios de comunicación en la difusión y popularización de algunas drogas en España. Mucho de lo que se lee sobre el chemsex presenta elementos comunes con la cobertura informativa que se hizo sobre la heroína a principios de los 80 o sobre la MDMA  a finales de la misma década.

Sostener que el slamming constituye un fenómeno minoritario no implica quitarle importancia. Se trata de una minoría expuesta a riesgos muy elevados (derivados del potencial de toxicidad, adicción y problemas intrínsecos a la vía intravenosa). Es importante destinar recursos para detectar a esta población, intervenir de forma adecuada y hacer un seguimiento de su evolución.

Sería interesante que los artículos de prensa que inciden en el slamming (y que se se suelen autodenominar como “de investigación”) indagaran además sobre el interés de las administraciones públicas y los servicios de asistencia y prevención en drogas en este fenómeno, así como los recursos que se están destinando o se tiene planificado destinar a su abordaje. Este trabajo exige más esfuerzo que los reportajes habituales sobre el chemsex pero permitiría tener una opinión más objetiva y realista sobre todos los aspectos de este fenómeno.

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